Están en la primera línea de cobertura de la crisis sanitaria. Los fotoperiodistas, aquellos que guardan silencio porque una imagen vale más que mil palabras, en esta pandemia viene dando rostro real a la devastación del enemigo invisible. Las imágenes en esta tragedia que médicos y personal de salud guardan consigo porque no hay tiempo para nada sólo para salvar vidas, o las miles de familias quebradas de tanto dolor por la ruta vivida con los suyos y sus muertos, o las cifras y mejoras a constatar de lo que te dicen los políticos, esas imágenes, llegan a nosotros por los fotoperiodistas que están en nuestras calles, hospitales, casas, cementerios, etc. en Lima y regiones en estos momentos. 

Ellos y ellas, al peso de sus cámara y lentes, han sumado las imprescindibles medidas de seguridad y protección extrema, para poder continuar en este campo minado en condiciones similares a las de un conflicto armado: saber qué no tocar, rogar llegar al día siguiente sin el virus ellos y sus compañeros, vivir en apariencia acompañados por los suyos, pero aislados en sus propias casas, sin abrazos, en prevención para no contagiar. Calmar el sueño de la pena y horror de la jornada vivida, para volver a arrancar y sumar fuerzas ante lo desconocido que viene al día siguiente. Agregado a ello, la incertidumbre de la continuidad laboral por parte de los medios.

Cinco testimonios de fotoperiodistas en Lima y regiones, a quienes en algunos casos les ha tocado vivir en carne propia cargar con el COVID-19.

“Tenía impotencia, sentimientos encontrados de no hacer nada ante el dolor que veía, pero sabes que tus fotos se van a ver y llegará la ayuda. Y pese al dolor de las personas, sabes que tienes una responsabilidad ética al fotografiarlos, pedirles permiso. Tengo que ser consciente de la responsabilidad de lo que estoy haciendo”. (César Von Bancels)

césar Von Bancels. foto: Lucho Gómez

César Von Bancels (29) fotógrafo independiente en Iquitos, descendiente de caucheros alemanes, cuenta que, al principio de la pandemia, muchos pobladores se reían y replicaban que, por la temperatura alta, nunca llegaría el COVID. “Recién al saber de los muertos, empezaron a ponerse mascarillas y a estar en sus casas”. Decretada la inamovilidad, nadie podía viajar, César fue requerido para reportear la pandemia desde Loreto para agencias, medios internacionales y locales en Lima a quienes enviaba sus reportajes. Se quiebra varias veces durante la entrevista, comprendo su silencio. Hablamos de una secuencia de fotos en el hospital regional de Iquitos, donde llenaban los balones de oxígeno. “Para mí, todas las fotos son duras, más allá del ángulo, lenguaje, cada foto es un sufrimiento de las personas: sólo se podían llenar 50 balones de oxígeno en un día. Mira, en esta foto el hombre que está con los brazos en la cabeza, llora porque su familiar está en estado crítico, se va a morir sin oxígeno, y delante de él y su balón de oxígeno por llenar hay 100 balones de oxígeno más. Eso quiere decir que recién llenará dentro de tres días su balón, el hombre llora de impotencia. Y detrás de ese hombre hay 100 personas con 100 balones de oxígeno más, cuánto sufrimiento”.

Los primeros días de cobertura César se contagió de coronavirus: Tenía congestión nasal, fiebre elevada, perdida del gusto, olfato, sin apetito y malestar corporal en general. Asume no calculó la debida distancia con las personas, había desinformación en general, quienes cubrían las noticias, usaban cualquier mascarilla, fueron días en que varios periodistas amigos cayeron con el virus e inclusive estuvieron internados: “tuve miedo, me sentía abrumado por los síntomas, pero varias cosas me ayudaron, oraba, tenía a mi familia, mi esposa apoyándome, escuchaba música, bailaba, en mi casa me preparaba medicinas naturales, con vapor. Hace tres semanas ya me siento recuperado del todo”. Le pregunto: “¿Cómo se cura el dolor de todo lo que tienes que ver a diario?”. Responde: “me reconforta ver a mi hija, pero curar, no lo sé. Hace poco tuve un ataque de ansiedad, haciendo el desayuno con mi esposa, mi corazón empezó a latir muy rápido, me faltaba el aire, me desesperé, se me vinieron imágenes en la cabeza de un montón de fotos que he tomado con esta pandemia, del sufrimiento, el dolor de las personas, todo lo que has capturado se te viene, y trata de tumbarte. Busqué mucha fortaleza para recomponerme, fue algo pasajero”.

HOSPITAL REGIONAL DE IQUITOS. FAMILIAR ESPERA PARA LLENAR BALÓN DE OXÍGENO PARA UN FAMILIAR GRAVE CON COVID19. CON 100 BALONES EN ESPERA DELANTE SUYO, TIENE QUE ESPERAR 3 DÍAS PARA EL LLENADO DEL MISMO. FOTO: CÉSAR VON BANCELS

MUJER LLORA CUANDO LE INFORMAN QUE POR ESE DÍA YA NO HABRÁ RECARGA DE OXÍGENO. IQUITOS, HOSPITAL REGIONAL. FOTO: CÉSAR VON BANCELS

HOMBRE FALLECIDO POR COVID 19, ES TRASLADADO A LA MORGUE DEL HOSPITAL. FOTO: CÉSAR VON BANCELS

HOMBRE ORANDO LUEGO DE CONSEGUIR RECARGAR SU BALÓN DE OXÍGENO. HOSPITAL REGIONAL DE IQUITOS. FOTO: CÉSAR VON BANCELS

CONTENEDORES LLENOS DE FALLECIDOS POR COVID. AL FONDO, PERSONAL QUE RECOGE CADÁVERES DE LA CALLE. FOTO: CÉSAR VON BANCELS

MUJER LLORANDO. HAN PASADO 3 DÍAS Y NO CONSIGUE RECARGAR SU BALÓN DE OXÍGENO PARA UN FAMILIAR GRAVE. TIENE QUE DEVOLVER EL BALÓN EN 4 DÍAS, QUIZÁ SU FAMILIAR NI ALCANCE A USARLO. FOTO: CÉSAR VON BANCELS


“En Pucallpa sabíamos que en un día se habían recogido 45 cadáveres. Y la cifra que daba la Diresa era de 30, sentíamos que nos estaban engañando. Como fotógrafo, que además reporteaba artículos, pensaba en el desamparo en que nos estaban dejando las autoridades, y yo tenía la responsabilidad de comunicar la verdad”. (Hugo Alejos)

Hugo Alejos (31) está de retorno en Lima. Después de haber vivido dos años en Pucallpa, haber laborado en el diario Ímpetu y ser corresponsal para la revista Caretas, ha vuelto a lo suyo y a reconectarse con la ciudad que lo hace sentirse seguro en el fotoperiodismo de calle y la crónica urbana. Ha publicado su primera foto de portada en un semanario local, devastadora: En Pucallpa, en la entrada del Hospital Amazónico de Yarinacocha, Centro COVID-19, un pasajero en el asiento de una motocar, yace muerto por COVID-19 en la espera de ser atendido.

HUGO ALEJOS. FOTO: JAKELINE RODRÍGUEZ

“En momentos como este, el fotoperiodista sabe que primero es la información, la foto cruda y directa es la manera de dar a conocer, así no me guste, ser directo por la gravedad de la denuncia, la estética viene luego. Las cosas que he visto en Pucallpa, han sido de horror, no lo podía creer. Una ciudad que era alegre, festiva, se había vuelto una ciudad lúgubre, apagada, y yo fotografiaba todo aquello con un pasado tan distinto, ahora las personas andaban nerviosas con sus mascarillas, pasabas por una calle y en un lugar veía ocho ataúdes en espera de ser recogidos para trasladar cadáveres. También sucedía que, en un barrio u otro, había cuerpos que esperaban en casas uno, dos días para ser recogidos. En otras zonas, registrar el temor de los vecinos que querían arrojar cadáveres a una acequia, sin esperar a los equipos de recojo de cadáveres, porque pensaban que al pudrirse el cuerpo los contagiaría de COVID”.

El fotógrafo recuerda entre el profesionalismo y la tragedia de la coyuntura, haber disparado una ráfaga de fotos, muy nervioso. Una secuencia de más de medio millar de fotos durante cerca de una hora: Cuatro personas con COVID en estado crítico, piden desesperadas que les abran la puerta de un hospital que estaba en cuarentena. Hugo, con su lente de mediano alcance, sigue los hechos, no les abren la puerta, sigue fotografiando, finalmente, dos de ellos, una pareja de esposos, caen muertos allí mismo. Nuevamente la pregunta al fotoperiodista: ¿qué pasa con nuestra salud mental? ¿con nuestras emociones? ¿cómo nos cuidamos de tanto visto? Responde: “Nos hemos dado fuerza entre los colegas, no sé si era un negacionismo, o un falso positivismo, estar juntos nos alentaba, pero en cierto momento recuerdo que la gente se quebraba, veíamos tantos cadáveres. A ello, sumas que hubo una ola de periodistas infectados, a todos los que cubríamos nos dio COVID-19, no conozco uno que no tuvo, era demasiado, tanto visto, tengo que admitir que me derrumbó. Nunca había tomado pastillas para dormir, empecé a tomarlas, y tenía que lidiar con la enfermedad, manejar el virus, andaba con temor a contagiar a las personas que vivían conmigo. Mientras, en Lima, mi padre médico, estaba en cuidados intensivos, esa fue la gota que rebalsó el vaso”.

Para Hugo, no es sólo el recuerdo, sino también ser consciente del riesgo, y de la poca responsabilidad que asumen los medios con sus periodistas, a quienes no proveen de equipos de protección: En Pucallpa, los periodistas que cubren pandemia tienen que comprarse sus mascarillas, menos pueden pensar que les den traje de protección. En plena pandemia, cuando el fotoperiodista tiene que registrar lo crudeza de los hechos, es válido para los medios la pregunta ¿qué quieren del fotoperiodista, la foto o la vida?

Persona fallecida en la puerta del Hospital Amazónico de Yarinacocha, a la espera del equipo de recojo de cadáveres. Foto: Hugo Alejos

Casilda Romaina Panduro, miembro de Victoria Gracia, sufre de enfermedad que la mantiene postrada hace años y hoy no entiende ni nadie le ha informado en su lengua, el shipibo, sobre la COVID19.Foto: Hugo Alejos

Equipo de recojo de cadáveres tiene la difícil tarea de llevar más de 12 cuerpos al cementerio general de Pucallpa Foto: Hugo Alejos

Trabajadores de salud se fabrican equipos de protección personal a base de bolsas plásticas, ante la falta de entrega de estos por parte de las autoridades. Foto: Hugo Alejos

Féretros son armados al lado de la atención a pacientes en exteriores de la emergencia del Hospital Amazónico de Yarinacocha. Foto: Hugo Alejos

Miembro del equipo de recojo de cadáveres espera en la puerta de emergencia de Essalud. Foto: Hugo Alejos

“Es un reto que, estando distantes del hecho, tenemos que comunicar imágenes que parezcan cercanas, las primeras comisiones me movían mucho, ahora soy más cociente del espacio, desde que empezó la pandemia, hemos evolucionado la forma de cuidarnos”. (Diana Marcelo)

Diana Marcelo (27), fotoperiodista del grupo El Comercio, sin saberlo, se venía preparando para este tipo de coberturas. En los últimos años, a cubierto hechos políticos que requerían rapidez, comisiones de policiales en las que la velocidad y como ella dice “mi baja estatura” sumaban a su elasticidad para resolver. Pero hay un hecho que ella destaca: cómo la crisis sanitaria le ha hecho empezar a darse cuenta de la naturaleza de los seres humanos: “esta pandemia, más allá de ser profesionales, también nos ha mostrado que la solidaridad suma al bien común. Recuerdo algunas fotos que tomé: un policía entregando una mascarilla que era para él, a un adulto mayor en el mercado de Caquetá. En otra comisión, fuimos a Ticlio Chico, en Villa María del Triunfo, donde las familias están viviendo en zonas de altura, casas prefabricadas, sin agua, luz ni alimentos, y allí te preguntas cómo les dices que se queden en sus casas si ni alimento ni nada tienen. Entonces, al ver esto, un grupo de redactoras que habían cubierto esta zona, coordinó con el diario, y se hizo una colecta. Cada vez que salíamos, llevábamos agua, víveres, agua hidratante para los policías, algunos nos contaban cómo se había infectado en los operativos, los que habían fallecido, el temor de contagiarse de los adultos mayores, en el tiempo, ellos tampoco se acercaban igual a la gente, tenía sus reparos por la forma cómo se habían contagiado”.

Diana Marcelo. Foto: Leandro Britto

Diana también teme llevarse al enemigo invisible a casa. Vive con sus padres, pero ella transita en otro espacio de la casa, donde no hay contacto posible: “Hace tres meses que no abrazo a mi madre, desde antes de iniciar la cuarentena, lo más cerca que estoy a ellos es a dos metros, hay momentos en que quiero abrazarlos, todavía no manejo lo de las distancias, quiero estar con ellos, sobre todo con mi mamá, ella tiene pena que nada regrese a la normalidad, no le gusta cómo está el mundo ahora. Mi hermana embarazada está por dar a luz, mi mamá sabe que posiblemente ni pueda ver al bebé cuando nazca ni después por protección”.

Para Diana, tener que manejar la cámara con el traje y todo el equipo de protección, también significa una nueva normalidad, tener que encontrar agilidad, rapidez. Confiesa que a veces se le enreda el guante en el disparador de la cámara, a lo que suma el uso de la careta delante de la mascarilla, que complica el registro con la cámara.

Con el cuidado y temor del día a día, Diana le sigue poniendo esfuerzo y ganas, pese a tener la certeza que esta pandemia no pasará pronto.

Médicos y trabajadores del hospital Luis Negreiros, Essalud, Callao, realizan plantón de protesta. Foto: Diana Marcelo

Militares y policías exigen usar mascarilla a las transeúntes en los alrededores del mercado de Caquetá. Foto: Diana Marcelo

Personal médico del hospital maría Auxiliadora, en San Juan de Miraflores, piden más ayuda. Foto: Diana Marcelo

Vecinos de Ticlio Chico, Villa María del Triunfo, no cuentan con bono ni apoyo de alimentos, además no tienen agua, en pandemia del Covid19. Foto: Diana Marcelo

Reparto de agua en Villa El Salvador, el camión cisterna llena los recipientes a espera que luego las familias los trasladen. Foto: Diana Marcelo

Toma de pruebas rápidas en El Agustino, a comerciantes del mercado unificado de la 6ta. Etapa, mientras se realiza un desalojo paralelo a mercado informal. Foto: Diana Marcelo 

adulta mayor en entrada de mercado de El Agustino, entrando a prueba Covid. El cierre de mercados exigió mayor control a todos los comerciantes. Foto: Diana Marcelo

“Todos hacíamos despliegues gráficos, cada uno traía un tema, se publicaba en la contraportada. Pese a todo lo difícil, sabiendo del peligro del contagio, tú trabajo es un compromiso”. (Aldair Mejía)

A sus 21 años, Aldair Mejía, uno de los fotoperiodistas más jóvenes del medio, está cubriendo esta crisis sanitaria para el diario La República, Aldair Mejía: Cantagallo, hospitales, viviendas de fallecidos, son algunos de los lugares que ha registrado. En una cobertura en el Hospital Dos de Mayo, dudó en entrar a un área de riesgo de pacientes COVID-19: “Tuve temor, porque una foto no vale tu vida”.

Aldair Mejía. Foto: Jorge Cerdán

“¿Cuál es la foto que más me ha devastado? La de Cantagallo. Sobre una mesa, había un cuerpo sin vida, cubierto por una manta, era el primo hermano de mi amigo el fallecido de COVID. Todos lloraban, ¿cómo les puedes decir o pensar qué todo va a pasar?, mientras ellos necesitan abrazos, tienes que salir porque no puedes ni tocarlos, tu misión es tomar la foto”.

Aldair reflexiona y percibe que esta cobertura de la pandemia está dando una visión particular y mostrando cómo son los fotoperiodistas, sus diversas técnicas y lenguaje para hablar de los mismos hechos. Admira el riesgo de los fotógrafos mayores, está aprendiendo de ellos. Recuerda los consejos de don Mario Bucana, camarógrafo del Canal 7, fallecido hace poco a causa del virus, con quien había compartido guardias en coberturas informativas, de quien guarda consejos como ser mejor profesional y persona, y que aprenda en el trabajo diario, siempre cuidándose. Aldair también ha tomado distancia, aislamiento en casa con sus padres: “A mi familia la veo de lejos, a 5 metros, desde que empecé a ir a sitios riesgosos iniciada la pandemia, me aislé en mi propia casa, mi mamá me deja el desayuno a 3 metros de distancia, me dice muchas veces de lejos que me quiere y me cuide. Eso a mí no me basta, porque necesito el cariño de mis padres, hace dos meses no los abrazo, no los toco, sé que puedo exponerlos al contagio”.

Él está manejando la ansiedad y tristeza de todo lo visto y fotografiado. El ánimo y aliento de su familia es su mejor aliado. Llegar a casa, ver videos y películas lo disipa de lo vivido durante el día.

A nivel profesional, es necesario que los fotógrafos pongan en evidencia y colectivicen las diversas realidades de esta emergencia sanitaria mundial. Recientemente, una de las fotos de Aldair ha sido una de las 10 fotos ganadoras en PHotoEspaña, elegida entre más de 60 mil imágenes, con la temática de la cuarentena #PHEdesdemibalcón.

Una enfermera acomodando el oxígeno a un paciente de covid-19 en el área de UCI en el Hospital Dos de Mayo. Este paciente estaba en sus últimos días, si podría sobrevivir o no con este virus letal. Foto: Aldair Mejía

Miles de personas de diferentes regiones del Perú, quedaron varadas en Cocachacra, Chosica, y exigieron ayuda humanitaria para que regresen a su ciudad de origen. Los pobladores realizaron una cola para recibir alimentos de unos ciudadanos de Lima que vinieron con comida y agua para apoyar a los varados, ya que mucha gente no había comido nada durante la caminata. Foto: Aldair Mejía

En el Hospital Dos de Mayo, se instalaron unas carpas en el estacionamiento para pacientes covid-19. Cientos de personas llegaban cada minuto con los síntomas, este señor estuvo inhalando horas y horas cruzando las manos con un guante pidiéndome ayuda con una voz baja. Foto: Aldair Mejía

Una enfermera en el Hospital Santa Rosa de Pueblo Libre, descansa en el área limpia tras tener una larga jornada de casi una semana internada, atendiendo a pacientes con covid-19 antes del Día de La Madre. Foto: Aldair Mejía

Un Personal de la funeraria desinfecta un cadáver fallecido por Covid-19 envuelto de frazadas antes de ser introducido al ataúd y llevarlo al cementerio. Comunidad shipiba de Cantagallo, Rímac, Lima. Foto: Aldair Mejía

Retratos a los luchadores, héroes del Hospital Dos de Mayo, que luchan día a día por esta pandemia, como también luchan el personal de Seguridad y de Limpieza. Foto: Aldair Mejía

“En estos momentos de la precariedad de los medios, donde se ve la información como un servicio gratuito, los ciudadanos no ven al fotoperiodista como alguien con derechos, no piensan en su riesgo, en la inversión de su equipo, están acostumbrados a ver 20 mil fotos, ven y descartan”. (Melissa Merino)

En la serenidad que da haber sido fotoperiodista de revista y prensa diaria, haberse desempeñado en esta pandemia como el equivalente a una editora gráfica para el diario La República que recientemente la ha despedido luego de 20 años, Melissa Merino reflexiona a varios niveles sobre el ejercicio del fotoperiodismo, el cuidado a un equipo humano que tuvo a su cargo, y las imágenes en este tiempo, no sin antes traslucir su lado sensible “ tuve miedo de lo que perdí, del contacto humano, pienso en las personas que no he vuelto a abrazar”.

Melissa Merino. Foto: Cciary Alegría

Al inicio de la pandemia, Melissa, quien hace tres años usa moto, se dejó maravillar por las calles vacías del centro de Lima los primeros días, las recorría. El tercer día tuvo miedo de ese panorama desolador, tanto espacio sin gente. Luego, vino el fotografiar a los pocos que salían con mascarillas, a la gente en las calles con iniciativas de ponerse en la cara una botella de plástico con huecos.

Tener reporteros gráficos a su cargo, ha significado un rápido y tenaz aprendizaje a varios niveles: el segundo día, Melissa tomó total conciencia del peligro que implicaba la pandemia también para los fotógrafos, sus cuidados y protección necesarias. Las necesidades gráficas, la selección de la portada del primer día que comunique de manera directa lo que empezábamos a vivir. Los fotógrafos con ganas de tener la primicia. En varias oportunidades, llamarles la atención para que primero cuiden su salud, se protejan, y no se expongan tanto por conseguir una foto. Varias veces, Indicar el procedimiento y paso por paso del uso de cada uno de los implementos del equipo de protección. Logró que, en una zona del diario, se abran duchas para que los fotógrafos se bañen y cambien de ropa. Estar pendiente de las iniciativas de reportajes gráficos al lograr que el diario les dé una página, la contraportada, de despliegue gráfico de sus fotos. Allí se contaron historias muy diversas, bajo miradas muy particulares, inclusive de revista. Teniendo un grupo diverso, tuvo que buscar un diálogo más personal con cada uno para saber cómo iban ante el impacto emocional del día a día: “Lo más complicado era decirle a un fotógrafo que se quede en su casa, los fotógrafos trabajaban con doble temor: a contagiarse, contagiar a sus familias y a que los despidan. El miedo a ser despedidos era inmenso”.

¿De qué han hablado esos rostros que has visto fotografiados? le pregunto. “Del pánico, del terror, del miedo, la soledad. Con mascarilla, en hospitales, lugares diversos, nunca he visto tantas miradas que, padeciendo, han comunicado tanta tragedia y devastación. Y pese a ello, también sucedió que personas llamaban al diario para ver que ayudar, hace una donación porque les había impactado el artículo y las fotos que habían visto en un reportaje gráfico. Allí, la impotencia que veía en los fotógrafos, que llegaban con tantas emociones y sentimientos encontrados de sus comisiones, se convertía en una sensación de sentir que su esfuerzo, su foto, había sido útil”.

PLAZA DOS DE MAYO, OPERATIVO DE CONTROL PEATONAL Y USO DE EQUIPOS DE MASCARILLAS POR LOS CIUDADANOS. FOTO: MELISSA MERINO

PASADO UN MES DE DECLARADA LA CUARENTENA, LA FOTÓGRAFA MELISSA MERINO “VISITA” A SU HERMANA Y A SU SOBRINA RAFAELLA. DESDE ABAJO, ELLA EN LA CALLE, TOMA UNA FOTO ANTES DE IRSE APENADA. FOTO: MELISSA MERINO

MERCADO DE CONDEVILLA, SAN MARTÍN DE PORRES, DÍA DE PRUEBAS RÁPIDAS. MÁS DE 50% DE COMERCIANTES DIERON POSITIVO Y CERRARON EL MERCADO. FOTO: MELISSA MERINO

EN LA PLAZA DOS DE MAYO, PERSONAL DEL EJÉRCITO Y DE LA POLICÍA SUBEN A LOS BUSES A CONTROLAR EL USO DE MASCARILLAS Y PORTAR DOCUMENTOS. FOTO: MELISSA MERINO

EN LAS AFUERAS DEL MERCADO CENTRAL DE INDEPENDENCIA, FAMILIAS DE VENEZOLANOS VIVEN DE LA INDIGENCIA. FOTO: MELISSA MERINO

EN EL EXTERIOR DEL MERCADO DE CONDEVILLA, SAN MARTÍN DE PORRES, MÁS DEL 50% DE COMERCIANTES DIERON POSITIVO, SIGUIÓ EL CIERRE DEL MERCADO. FOTO: MELISSA MERINO

A inicios de mayo se declara la salida de Susana Villarán. La fotógrafa hizo 8 días de guardia en el penal de mujeres de Chorrillos, hasta finalmente captar la salida. Foto: Melissa Merino


La Asociación de Fotoperiodistas del Perú (AFPP) ha levantado su voz de alarma frente al derecho de los equipos de protección necesario que deben proveer los medios periodísticos a sus fotoperiodistas, y su renovación. Ha iniciado una campaña que sensibiliza el rol y trabajo de los profesionales de la imagen: “ una fotografía vale más que mil palabras, pero nuestra vida vale más que una fotografía”. Llama la atención el caso de un reportero gráfico en estado grave por el virus, a quien su diario sólo ha dejado saludos de mejora y pese a trabajar más de 20 años, nunca proporcionó el equipo necesario, menos se ha hecho cargo de su atención. Los derechos laborales también se han visto vulnerados frente a despidos arbitrarios tipificados como “despidos incausados”. La semana pasada, un diario despidió a la mitad de su equipo, nueve fotoperiodistas.

Actualmente, de los 63 fotógrafos que tiene asociados la AFPP en Lima, entre contratados e independientes, 15 de ellos se encuentran cubriendo la pandemia día a día. De ellos, seis se han contagiado del virus, uno se encuentra en estado crítico. El panorama en regiones, se presenta más crítico: periodistas multifuncionales que además de tomar fotos, escriben, hacen video, y sus medios no les proporcionan los equipos de protección necesarios, los contagios por coronavirus son numerosos, las cifras se guardan en silencio.

Al cierre de esta nota, con 142 mil infectados y más de 4 mil fallecidos en el país, en un panorama poco alentador, los reporteros gráficos trabajan entre retos de coberturas, el desafío de obtener imágenes que comuniquen cercanía pese a la distancia, el tratamiento ético y la vulnerabilidad de poner en riesgo su vida día a día, sumado a ello el manejo de sus emociones.

Mientras usted lee estas líneas, los fotoperiodistas transitan por el país al lado de un enemigo invisible, con la única arma de la que disponen, la cámara, para que sus imágenes nos den lucidez en este tiempo de oscurantismo.